Nosotros y la naturaleza

Una reflexión sobre la crítica situación de larealidad ambiental de nuestro planeta.

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La realidad ambiental de la Tierra es crítica. La asociación Global Foot Print Network calcula la huella ecológica global, es decir, en cuántos días la humanidad en su conjunto consume lo que la Tierra tarda un año en producir. La primera medición (1987) estableció que los recursos producidos en un año alcanzarían hasta el 19 de diciembre, mientras que en el último registro (2013) la fecha fue el 20 de agosto. Hoy, los países industrializados requieren más de una Tierra y media para sostener su “estilo de vida”.

Un ejemplo relevante cercano lo constituye la situación en Amazonia, que contiene el 20 % de la disponibilidad mundial de agua dulce no congelada, y el 30 % de todas las especies de la fauna y flora del mundo. A esa gran biodiversidad natural se le suma una rica socio diversidad, representada por sus pueblos y culturas, quienes poseen un gran acervo de conocimientos tradicionales sobre el uso sustentable de los recursos naturales, así como sobre el valor medicinal de plantas y otros organismos vivos, que forman la base de su economía. En esta región se intensifica la disputa por la ocupación del territorio, entre la población que requiere el reconocimiento y legalización de su titularidad y quienes persiguen sus intereses económicos.

Ante esta situación resuena vigente la reflexión de los obispos latinoamericanos reunidos en la conferencia de Santo Domingo en 1992: “Se viene proponiendo como salida (a la actual crisis) el desarrollo sostenible que pretende responder a las necesidades y aspiraciones del presente, sin comprometer las posibilidades de atenderlas en el futuro, pero cabe preguntarse si son legítimas todas estas aspiraciones, quién paga los costos de dicho desarrollo, para quién se destinan sus beneficios”. “No puede ser un desarrollo que privilegia minorías en detrimento de las grandes mayorías empobrecidas del mundo. Las propuestas de desarrollo tienen que estar subordinadas a criterios éticos. Una ética ecológica implica la aceptación del principio del destino universal de los bienes de la creación y la promoción de la justicia y la solidaridad como valores indispensables”.

Todo esto da cuenta del alcance y el entrelazamiento de síntomas de un verdadero drama ambiental que excede lo estrictamente ecológico: grandes concentraciones urbanas y acelerado crecimiento demográfico, con efectos constatados sobre todo en los países y regiones más pobres en la que viven envueltos dos tercios de la humanidad, falta de condiciones habitacionales, de higiene y de salud; amenaza de agotamiento de las materias primas; entre otros. En este sentido, la ONU señala que el 80 % de las muertes en los países en desarrollo derivan del consumo de agua no potable y de falta de sistemas de saneamiento adecuados.

Durante la misa de su investidura formal en el Vaticano, el papa Francisco describió como parte de la misión de la Iglesia “el respeto a cada una de las criaturas de Dios y al entorno en el que vivimos”. Al tomar el nombre del patrono del medio ambiente, elevó el tema a una de las prioridades de su misión, y afirmó: “Cuando la humanidad no puede cuidar de la creación y de los débiles se abre el camino a la destrucción y los corazones se endurecen”.

En este sentido resulta profundamente esperanzador el rescate de la cosmovisión de los pueblos originarios andinos, sintetizada en el principio del vivir bien (Suma Qamaña, SumajKawsay, YaikoKaviPäve) como un eje articulador de las cartas magnas de Bolivia (2007) y Ecuador (2008), y en particular en la nueva Ley Marco de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien, que puede sintetizarse en los principios: relacionalidad -reciprocidad-correspondencia-complementariedad.

Justamente, Antonio Moser1, estudioso franciscano, nos propone redimensionar nuestra relación con la naturaleza: “nuestra misión es administrar a las demás criaturas, pero no dominarlas. La administración se caracteriza por la convivencia inteligente, mientras que la dominación, por la explotación irracional. En este sentido, revalorizar la naturaleza, más que una actitud romántica, se funda en una actitud de respeto por todas las formas de vida. Por eso, la reconciliación del ser humano con su ambiente sólo es posible por medio de un cierto ascetismo”.

Leonardo Boff2 nos invita a dar un paso más: “La elección de la pobreza se constituye en el camino esencial de San Francisco. Cuanto más pobre era, más libre y fraterno se sentía. La pobreza cuanto más radical es, tanto más nos acerca a la realidad y facilita la relación entre hombres y criaturas, en la consideración y respeto de su alteridad, de las diferencias, (…) se obtiene una reconciliación universal”.

Para revertir esta situación crítica, tanto en el plano ambiental como en el plano de las relaciones humanas, necesitamos salir de la lógica de dominio. El actual estado de la naturaleza se debe precisamente a un modelo económico, productivo y de consumo que no tiene bases de sustentabilidad. Ya no es suficiente asegurar determinados resultados económicos. Ser sustentables significa armonizar con el entorno para que nuestra acción tenga reflejos positivos entre los que participan de ella, en el ambiente, en la comunidad social. En definitiva, la sustentabilidad se torna una palabra clave para dar un sentido diferente a la actividad humana en su conjunto.

Chiara Lubich3 nos propone una visión profunda y completa sobre nosotros y la naturaleza: “Siempre hemos comprendido a la creación en su maravillosa inmensidad como toda una, generada desde el corazón de un Dios-Amor, que le dejó su impronta. Y en consecuencia sentimos que cada uno ha sido creado como don para quien está a su lado, y así recíprocamente, todo en la tierra es en una relación de amor, de donación con todo, y cada cosa con cada cosa”. “Éste es nuestro desafío, con nuestra inteligencia y nuestro trabajo, colaborar a la realización de este designio unitario de Dios sobre el universo. Participar con nuestra creatividad y nuestro trabajo de su obra… y es el Amor por los otros hombres y por la naturaleza con el cual podemos contribuir a transformar a la Tierra en un paraíso terrestre”.

1- Antonio Moser. Cuadernos Franciscanos, Chile, 1992, N° 99 (www.franciscanos.net).
2- Dalai Lama. (2000). El arte de vivir en el nuevo milenio. Grijalbo- Mondadori. Barcelona.
3- Chiara Lubich. Carta al encuentro anual Eco One 2005.

Informe:CiudadNueva.org.ar