Una semilla que no cesa de dar frutos

Hace 80 años -el 28 de Abril de 1935- Don Luis Orione colocaba la Piedra Fundamental del Pequeño Cottolengo de Claypole.

Una_semilla_que_no_cesa_de_dar_frutos-01

En su interior contenía un ladrillo de la Puerta Santa de la Basílica San Pedro que él hizo traer desde Roma como signo de su amor a la Iglesia y para hacer memoria del Año Santo que concluía en esa misma fecha.

Compartimos con ustedes un artículo de la Revista Don Orione con motivo de este aniversario.

Una semilla que no cesa de dar frutos

Por P. Raúl Trombini fdp
Producción: Germán Cornejo

Comenzamos a caminar hacia los 80 años del Cottolengo de Claypole. La colocación de la piedra fundamental y testimonios que recuerdan los primeros tiempos.

¿Cómo fue la primera vez que llegaste al Cottolengo? ¿Te acordás?
Cuando Don Orione llegó a Claypole, por ejemplo, no había nada de lo que ahora existe. Él mismo lo describió como “una bellísima parcela de 21 hectáreas, mitad arbolada con frutales, plantas aromáticas, palmeras, eucaliptos y plátanos, y mitad campo: una ubicación muy saludable, provista de buena agua y cercana a la estación”.
Otros más terrenales, en cambio, se quejaban: “¡Está loco! ¿Qué va a hacer acá? ¡Esto es el medio del campo!”
Al fin de cuentas –mitad paraíso, mitad campo abierto y locura– fue la tierra fértil para la semilla y produjo frutos. Una semilla que el 28 de abril de 1935 tomó forma de piedra fundamental. Contenía en su interior un ladrillo de la Puerta Santa de la Basílica San Pedro que Don Orione hizo traer desde Roma como signo de su amor a la Iglesia y para hacer memoria del Año Santo que concluía en esa misma fecha.
Una semilla que, a su vez, estaba escondida en el fruto de la conferencia brindada por Don Orione dos meses antes en el Colegio Stella Maris de Mar del Plata, donde habló sobre “San José Benito Cottolengo, el santo de los desamparados”. Y cuya presencia comenzaba a intuirse durante el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en octubre de 1934 que –tal como registraron los diarios de la época– dejó en Don Orione el ardiente deseo de “ver fructificar la enseñanza dejada por el Congreso y abrirse aún más los brazos de la gran cruz de Palermo hasta poder erigir una institución que prolongara en Argentina la prédica, la orientación y la razón de la existencia de José Benito Cottolengo”.
Así fue. Entre los frutales y las aromáticas de Claypole brotó el Pequeño Cottolengo Argentino: un retoño vigoroso que creció con la savia del Espíritu Santo y que fue regado por la generosidad de todo el pueblo.
Su crecimiento fue exponencial, hasta convertirse en la gran institución que es hoy. Y fiel al mandato de la vida que engendra vida, echó raíces fuertes y extendió sus ramas para dar nuevos frutos con nuevas semillas. Ya en abril de 1940, el Boletín del Pequeño Cottolengo publicaba que “las casas formarán con el tiempo el Cinturón de la Caridad”.

Una_semilla_que_no_cesa_de_dar_frutos-02

Historias y experiencias en primera persona

¿Y vos? ¿Conociste el Cottolengo? ¿Cómo fue tu experiencia?
El Hno. Edgardo Boggio, que está a punto de cumplir sus primeros 91 años, dice que cuando llegó no había nada más que una capilla –que hoy es la parroquia Sagrado Corazón–, una canchita fútbol y la inmensidad.
Conocí el Cottolengo cuando tenía 10 años y el P. José Dutto nos llevó a los pibes del Post-Escuela de Pompeya a conocer un lugar que le habían donado a Don Orione”, recuerda. Se ríe también que viajaban en un camión viejo por caminos rurales donde hoy se levantan edificios en torre. “Un día, el clérigo que nos acompañaba me dijo: ‘Bollito, revestite y ayudale en misa a Don Orione’ y para mí fue emocionante”, relata. Después de un silencio, acota que “Don Orione tenía una fe tan grande en la Divina Providencia que hacía todo pensando que Dios lo traía a él con los donantes y que pronto sería lo que ahora podemos ver”.
Para la Hna. María Elvira Gareis, una juvenil religiosa de 77 años, la experiencia fue distinta, pero igual de gozosa.
#conocialcottolengo “al ingresar en el Postulantado en 1954, cuando tenía 16 años”, se presenta. Para ese momento, ya se habían construido varios hogares, el lavadero, la ropería, había una cocina, una panadería y un comedor chiquito. Los baños eran limitados, así que tenían que hacer fila para bañarse. “Yo estaba enamorada de Jesús y en el Cottolengo se vivía un clima muy espiritual, así que después de pasar todo el día en los oficios, me gustaba que a la tarde íbamos todos juntos a misa donde ahora es la parroquia Sagrado Corazón, cada hogar con su cruz procesional”, describe.
Oriunda de Barranqueras (Chaco), no le aflojó al entusiasmo de encontrarse con Jesús en cada persona que le tocó atender, alimentar o aconsejar. “Siempre nos decían que ‘el Cottolengo es el pararrayos de la sociedad’ –explica– porque si bien se vivía con sacrificio y dependíamos totalmente de la Divina Providencia, nunca nos faltó lo necesario. La vida no era fácil pero si tengo que empezar todo de nuevo, empiezo; acá soy feliz”, remata sonriente.
También entrado en años, Francisco Rodríguez fue docente universitario en el área de educación y también fue voluntario del Cottolengo.
#conocialcottolengo “por una inquietud académica, cuando se estaba empezando a formar la Escuela Mamá Carolina”, comienza. Después se quedó a vivir durante 10 años y desarrolló su profesión atendiendo a las necesidades de los alumnos de la Escuela.
Uno de los momentos más importantes que recuerda tiene que ver con que pudo sembrar la semilla que había recibido del Cottolengo: “Integré el equipo que elaboró un sistema de lectoescritura con pictogramas para varios residentes que tenían dificultades para comunicarse verbalmente pero que podían realizar movimientos con sus manos”.
El fruto de esa semilla fue, por ejemplo, que María Elena Carminatti –fallecida unos años atrás– usó el cuaderno hasta último momento, pudiendo así salir de su mutismo y convertirse en la “cartera” del Cottolengo con su silla de ruedas eléctrica. ¡Qué importante era para ella su cuaderno de fotos y qué lindo para nosotros que podíamos reírnos con sus chistes!
Norma Donato, que vive en el Hogar Socorro y se encarga de atender el teléfono, rescata justamente cómo mucha gente vuelve de visita al Cottolengo porque encuentra unión y paz. “Es que acá no importa si uno es más bajo o más alto, si puede con algo –aunque sea comer– o no, porque cada persona tiene su valor y nos tratamos así”.
En la misma rueda de mate, Américo Torres –residente del Hogar Sheil– concuerda con Norma que “fuimos bendecidos los que vivimos acá y tenemos la gracia de haber conocido esta Obra”. “Cuando conocí el Cottolengo tenía 14 años y pude escapar a la forma en que se vive en muchos lados, en el desprecio y la violencia”.
Compañero de Américo, José María Lezcano suma su aporte: “Yo conocí el Cottolengo en 1981, me trajeron de un hospital donde ya era grandote, y ahora que pasaron los años estoy bien, no me falta nada, voy al coro de la Cámara de Comercio de Lomas de Zamora y estoy estudiando en una escuela pública”.
“Lo que pasa afuera no nos resulta indiferente, al contrario, gracias a que acá muchos estuvieron atentos a las necesidades de otros yo también conocí el Cottolengo”, completa Norma.
Marcelo Amato eso otro de los que percibió un algo distinto a lo común cuando llegó, por eso asegura que “conocí el Cottolengo hace tres años y quise cambiar de estilo de vida”. “Tuve la suerte de entrar a trabajar en la cocina, donde estoy desarrollando mi oficio en un buen clima de trabajo, con los chicos que te brindan cariño sincero y eso me llena el corazón”, señala convencido.
Son innumerables las vidas transformadas en estas ocho décadas al resguardo del follaje del Cottolengo. La mía con seguridad y seguramente la de quienes están leyendo esta revista, como la de todos aquellos que pudieron experimentar el caminar por sus senderos y compartir alguna tarde de mates y acompañamiento a los residentes. Tengo la certeza de que “allí donde hay una salto cualitativo, está Dios que sigue creando”. Es la semilla escondida en el fruto que, como dice la Biblia, “Dios vio que era bueno”.

Una_semilla_que_no_cesa_de_dar_frutos-03