Una sequía que le duele en el alma

Argentina se ha acostumbrado a perder en las instancias decisivas, y ese profundo karma que envuelve a esta generación de futbolistas hace todavía más pesada la mochila de frustraciones.

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“Es una sana costumbre que el equipo se habitúe a jugar tantas finales, porque es una señal de madurez. Hay que aprovechar esto, y aprovecharlo significa ganar la final. Si perdemos será una frustración, sin dudas”. “Los jugadores hace 10 meses jugaron la final del mundo, así que tienen bien claro lo que se van a encontrar mañana. Trataremos de ganar el partido pareciéndonos a lo que habitualmente pretendemos ser”.

Reflotar las frases de Gerardo Martino del día anterior al decisivo partido con Chile en el Estadio Nacional de Santiago sirven para poder analizar la trama de una larga película y no quedarse con una última foto, más allá que ésta haya cobrado una relevante importancia en lo proyectado hasta el momento.

Es difícil ante el desenlace no responder a la ebullición sanguínea, que podría llevar a cualquiera a tirar por la borda lo hecho hasta el momento. Hasta el propio Javier Mascherano, protagonista de cuatro finales perdidas por la Selección Mayor desde 2004 hasta la fecha (no estuvo en la Copa Confederaciones 2005), se ve tentado por tanto dolor y se anima a decir que “el problema puedo ser yo y en la cabeza me da vuelta dar un paso al costado”. Una locura si se piensa en todo lo que representa dentro y fuera de la cancha.

Desde el comienzo del torneo en este espacio se argumentaba que esta Selección Argentina se encontraba entre la exigencia de un título que imponen los 22 años de sequía y el tiempo que este presente requiere para profundizar una idea que tiene como principal objetivo Rusia 2018. Pero claro, el resultado final en la tarde/noche de Santiago sólo pareciera sumar fantasmas y dudas sobre un proyecto que hasta hace 48 horas enorgullecía a gran parte de los argentinos. El camino, ahora, será aún más pedregoso.

La deuda de esta generación de futbolistas, que a su vez carga en la mochila con la de otras generaciones que tampoco pudieron saldarla, se incrementará al menos tres años más. Pero quizás el dolor más profundo es que este equipo no se pareció en nada a lo que pretende ser, retomando aquella frase de Martino. Y justamente fue esa una de las razones por las cuales no consiguió pagar ese saldo histórico. Messi no fue Messi y de ahí para abajo todos, individualmente, estuvieron lejos de la identidad que, colectivamente, supieron mostrar a lo largo del certamen.

Claro que centrar el análisis pura y exclusivamente en lo hecho, o no, por Argentina sería quitarle méritos a este Chile. Quienes piensan de manera peyorativa “cómo vas a perder con Chile”, deben entender que este seleccionado no sólo aprovechó su localía y por ende el apoyo incondicional de su público, sino que ha tenido un cambio de mentalidad desde los tiempos de Marcelo Bielsa que, sumado a la calidad de sus futbolistas, hoy le permite jugarle de igual a igual a las potencias y animarse a ganar. Y si bien Chile tampoco se pareció en totalidad al equipo visto a lo largo del certamen, sí supo imponer su ritmo y presión provocando una molestia permanente para la estructura argentina.

Argentina se ha acostumbrado a perder en las instancias decisivas. Cualquiera sea el técnico. Y ese profundo karma que envuelve a esta generación de futbolistas hace todavía más pesada la mochila de frustraciones. Tirar a la basura la película entera sería no comprender el trascendente privilegio deportivo de estar siempre en una final. Pero Argentina no supo aprovecharlo y, una vez más, en el recuerdo de muchos primará el oscuro final.

Fuente: CiudadNueva.org.ar