A 70 años del horror

Se cumplen siete décadas del lanzamiento de la primera bomba atómica en Hiroshima, acto bestial que destruyó el 90% de la ciudad japonesa y mató a miles de personas.

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El 6 de agosto de 1945 cayó sobre Hiroshima la primera de las dos bombas atómicas, barbarie inusitada por su mortal eficacia y su descomunal escala destructiva: la ciudad japonesa de Hiroshima era literalmente barrida de la faz de la tierra por una bomba atómica arrojada por el Enola Gay, un bombardero B-29 de los Estados Unidos.

En apenas un instante unas 80 mil personas de las 350 mil que vivían en esa ciudad fueron calcinadas y reducidas a cenizas al ser impactadas por un vendaval radioactivo de más de 2 mil grados de temperatura. Al cabo de unos pocos años se sumarían entre 50 y 80 mil nuevas víctimas, aparte de quienes sobrevivieron con terribles quemaduras y lesiones de todo tipo y los nacidos con insanables deformaciones que les marcarían toda su vida.

En un alarde de sadismo sin precedentes el presidente Harry Truman ordenaría un segundo bombardeo atómico, esta vez sobre Nagasaki, otra ciudad indefensa al igual que la anterior, exterminando otras 73 mil personas en menos de un segundo. El recuento total de las víctimas que murieron a causa de los dos bombardeos –tanto los que perecieron en el acto como quienes fallecieron con posterioridad- llegaba, en el año 2008, a poco más de 400 mil personas.

El relato oficial estadounidense es que el bombardeo atómico precipitó la rendición incondicional de Japón y puso fin a la Segunda Guerra Mundial, ahorrando así miles de vidas de soldados norteamericanos. Pero la historia es diferente.

En realidad este brutal genocidio fue un cruel escarmiento porque política y militarmente Japón ya estaba derrotado y su capitulación final era cuestión de días. Derrotado en el Pacífico por Estados Unidos, las tropas soviéticas estaban prestas para invadir a Japón desde Manchuria y sus defensas serían rebasadas con facilitad.

Su suerte estaba echada. Pero esa certidumbre no contaba porque lo que Washington buscaba, aún al precio de perpetrar un horrendo crimen de guerra, era demostrar al mundo quien era la nueva potencia hegemónica del planeta y quien, gracias a su monopolio nuclear, estaba llamada a establecer un “orden mundial” (en realidad, un escandaloso desorden) congruente con sus intereses, y a cualquier precio.

“Tenemos la misión de crear un mundo sin arma nuclear”

“Tenemos la responsabilidad de hacer entender la inhumanidad de las armas nucleares”, expresó el primer ministro japonés al conmemorar el 6 de agosto de 1945 junto con representantes de cien países.

A las 08:15 del jueves (23:15 GMT del miércoles), una joven y un escolar golpearon una gran campana con una larga viga de madera suspendida, inmutable gesto realizado a la hora exacta en la que un bombardero estadounidense B-29 bautizado Enola Gay, que volaba a gran altitud, arrojó una bomba de uranio que sembró el fuego y la muerte en esa gran ciudad japonesa.

Al son declinante de la hermosa campana, rodeada después sólo del canto de las cigalas, omnipresente en Japón, una muchedumbre de 55.000 personas guardó silencio en el Parque Monumento de la Paz de esa ciudad de 1,2 millones de habitantes del Oeste del archipiélago convertida en símbolo del pacifismo.

Dotada de una fuerza destructora equivalente a 16 kilotoneladas de TNT, la bomba estalló a 500 metros del suelo, que ardió a 4.000 grados, y lo destruyó todo a su alrededor, en el momento de la explosión y posteriormente por efecto de la irradiación.

“Para coexistir, debemos abolir el mal absoluto y el colmo de la inhumanidad que representan las armas nucleares. Ahora es tiempo de actuar”, declaró después del minuto de silencio el alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, en un discurso, antes de dejar la palabra a unos niños.

El primer ministro, Shinzo Abe, estaba presente, junto con representantes de cien países, el mayor número de delegaciones hasta ahora en la historia de las ceremonias de Hiroshima.

Entre ellos, la embajadora de Estados Unidos en Japón, Caroline Kennedy, y la subsecretaria estadounidense encargada del control de armamentos, Rose Gottemoeller, la responsable de mayor grado enviada hasta ahora por Washington a las conmemoraciones anuales.

“En tanto que único país golpeado por el arma atómica tenemos la misión de crear un mundo sin arma nuclear”, declaró Abe a la multitud.

“Tenemos la responsabilidad de hacer entender la inhumanidad de las armas nucleares, a través de las generaciones y las fronteras”, añadió.

El primer ministro precisó que su país presentará este año en la Asamblea General de la ONU una nueva resolución destinada a abolir el arma nuclear.

La conmemoración de este año coincide con el intento de Abe de hacer votar una ley para reforzar el papel militar de Japón en el ámbito internacional, cosa que la actual constitución pacifista del país impide.

Un sobreviviente de Hiroshima reprochó a Abe esa política.

“Usted no debe cometer los mismos errores en Japón”, le dijo Yukio Yoshioka, 86 años, a Abe.

“Nuestro compromiso contra la guerra, el camino pacifista emprendido por nuestro país jamás cambiará”, le respondió Abe, que no logró tranquilizar a Yoshioka.

“No puedo soportar eso. Él pronuncia palabras bañadas de suavidad, pero la actitud del actual gobierno pisotea los sentimientos y las plegarias de las víctimas”, dijo Yoshioka.

Tres días después, Nagasaki

“Fue un fulgor súbito, blanco, plateado”, contó recientemente a la agencia de noticias AFP Sunao Tsuboi, un sobreviviente nonagenario, “no sé por qué he sobrevivido y vivido tanto tiempo. Cuanto más lo pienso, más doloroso es este recuerdo”.

Entonces estudiante, se encontraba a 1,2 km del impacto. Cuando se incorporó, la camisa, el pantalón y su piel colgaban hechos jirones, de las llagas salían venas, faltaba una parte de las orejas. Vio entonces a una adolescente con el globo ocular derecho que le colgaba en el rostro y como, no lejos de allí, una mujer intentaba impedir que se le cayeran los intestinos.

Tres días después de Hiroshima, el Ejército estadounidense lanzó una bomba de plutonio en la ciudad portuaria de Nagasaki y dejó unos 74.000 muertos. Estas dos bombas dieron un golpe fatal al Japón imperial, que se rindió el 15 de agosto de 1945, poniendo punto final así a la Segunda Guerra Mundial.

Siete décadas más tarde, el uso del arma atómica al final de la Segunda Guerra Mundial sigue dando pie a una división de opiniones.

Algunos historiadores estiman que evitó un número mayor de víctimas al evitar un ataque terrestre del archipiélago nipón. Otros consideran que de todos modos Japón estaba cerca de la derrota y las dos bombas no eran necesarias para acabar el conflicto.

Un 56% de los estadounidenses consideran que los ataques nucleares de Hiroshima y Nagasaki estaban justificados, según un sondeo realizado en febrero por el instituto Pew Research Center en febrero, injustificados para un 79% de los japoneses consultados por este “think tank” estadounidense.

Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, dijo en una entrevista en 2002, cinco años antes de su muerte: “Sé que hicimos lo que debíamos”.

Washington, estrecho aliado de Tokio después de la guerra, nunca pidió disculpas oficiales por estos bombardeos.

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